El hombre que
camina sobre la acera,
Piensa,
reflexiona, medita.
Percibe su
alrededor,
Piensa en los
pasos que hizo,
Y en los que
siguen.
A veces no son más
que pasos,
O simples
baldosas que sostienen a un cuerpo.
En cambio, otras
veces,
Es el tiempo que
se manifiesta.
El hombre que
camina sobre la acera,
Ve, observa y
describe.
Traduce el
ambiente en su cabeza,
Piensa en la próxima
baldosa,
Y analiza la que
dejo atrás.
El sabe que su
tiempo es finito,
Y conoce la
puerta que lo espera al final del camino.
Pero pretende
tallar en su retina cada imagen que figura ante sus ojos,
Para así,
eternizar el trayecto.
El hombre que
camina sobre la acera,
Escucha atentamente.
Las voces del pasado son su música,
Las voces del pasado son su música,
En el presente
solo oye ruido,
Mientras que al
futuro, le da miedo escucharlo.
Los pasos sobre
la acera son duros,
Firmes,
decididos, convencidos.
Sus estruendos
dibujan corcheas en el aire,
Que atraen la atención
de los transeúntes entristecidos.
El medio es
atractivo, es parte del camino.
Decorado con
paredes de colores,
Es, desde el
inicio,
Un mundo de
reflexiones.
La acera tiene
distracciones.
Cincuenta y dos
pulgadas de vacío,
Y una mujer de
rojo,
Regresa a su
hogar luego de un viaje en bicicleta.
La acera se
termina.
El final está a
la vista,
Solo a la vuelta
de la esquina.
Simplemente,
cruzar una avenida.
Mirar la hora
significa ansiedad,
La ansiedad de
concluir el camino.
“No desesperes
hombre,
Que al final de
la acera, una mujer te espera”.
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